¡Qué suavecito deben tocar tus manos el agua, mansa oveja que pastoreas, cuando la vas empujando en los veranos a los riachuelos secos de las aldeas! Las semillas esperan bajo la tierra y al caerles el cielo nacen ligero; pero qué duro hieres y en son de guerra con los alfilerazos del aguacero. Tu cabello de oro peinado en pacas de nubarrones, heno de lluvia suelta. Una sombra de luto pronto lo tizna: los riachuelos crecidos arrastran vacas, árboles, niños… En el agua revuelta mueren los que vivían de tu llovizna. -Miguel Ángel Asturias
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